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“Saber y psicoanálisis

 

“Tiempo de transferencia”

Virtuality game

 

“Algunas consecuencias clínicas del goce del otro”

 

 

TIEMPO DE TRANSFERENCIA

VIRTUALITY GAME*

 

 

 

 

 

No sé que opinará mi lector. No pretendo

Saber que cosa es el tiempo –ni siquiera si es una

cosa- pero adivino que el curso del tiempo y el

tiempo son un solo misterio y no dos.

Jorge Luis Borges, El tiempo y J.W. Dunne

(Otras Inquisiciones)

 

 

            La pregunta por el tiempo ha sido abordada desde la antigüedad hasta nuestros días por variadas disciplinas. Es así que este interrogante reconoció en el devenir de la historia de la filosofía diferentes conjeturas. Las matemáticas, la física y aun la poesía no han dejado, cada una a su modo, de situar la cuestión del tiempo.

            Enigmas propuestos por la constelación de los astros o transcurrir del cuerpo del ser hablante corroen la experiencia humana.

            Hans Baldung, notable pintor del siglo XV, nos legó en certeras y bellas pinceladas un lienzo que tituló: Las Edades y la Muerte. En este cuadro, hoy en el museo del Prado de Madrid, se destacan un niño, una joven, una dama madura y un anciano que cadavérico se acerca a la muerte. Cuatro figuras que al contrastar entre sí ponen de relieve un mismo enigma: el tiempo y su transcurrir.

            El psicoanálisis retoma y hace suya la pregunta por el tiempo. Por una parte se lo puede situar en la dimensión de la transferencia, en este caso como tiempo del sujeto en el análisis y por otra parte y horadando lo anterior, el tiempo no es sin articulación al inconciente y la castración.

            Tiempos de análisis, tiempos secuenciales de la apertura y cierre del inconsciente en cuya pulsación se contornea el objeto por medio del acto analítico.

            La escansión, el silencio, el corte, son algunos de los instrumentos de una medición que nada tiene en común con la relojería tradicional, sino que al enlazarse al saber textual, saber inconciente, hacen acto del lado del analista.

            El tiempo no es solo el laberinto infinito de las generaciones sucesivas; de vez en cuando la historia tiene un giro verdadero y no solo un despliegue de lo repetido.

            Sigmund Freud reconoció la pregunta por el tiempo y ofreció una torsión en el saber de su época. Propuso un nuevo rumbo al señalar que el inconciente se sitúa fuera del tiempo cronológico. El inconciente freudiano no reconoce la categoría del tiempo como sucesión. En la atemporalidad del inconciente, lo reprimido es inalterable al paso del tiempo. En esta lógica la escena analítica es su paradigma, allí por retroacción se ilumina la anterioridad. Para Freud en el camino de la formación se síntomas, en la neurosis, la segunda escena resignifica la primera, por lo tanto es en un a-posteriori que se redimensiona el primer tiempo, del que se predica: “habrá sido”.

            La correspondencia entre pasado y porvenir, indica un orden que va del porvenir al pasado. Así “el retorno de lo reprimido no viene del pasado sino del porvenir”.

            En el capítulo Lo inconciente, de la Metapsicología explicita: “Los procesos del sistema inconciente se hallan fuera del tiempo, esto es no aparecen ordenados cronológicamente, no sufren modificación ninguna por el transcurso del tiempo. Carecen de toda relación a esta categoría. La relación temporal se halla ligada a la labor del sistema conciente”.

            Para Freud el proceso primario se nos muestra bajo las condiciones del fenómeno onírico y de las neurosis cuando los procesos del sistema inconciente producen transferencias de carga al sistema preconciente, e implican en determinadas ocasiones, la efectuación de una regresión a una fase anterior. Esta regresión es tópica mientras que los efectos subjetivos del tiempo se ligan al sistema percepción-conciencia. El resorte de este mecanismo lo constituye la transferencia de cargas de una representación a otra representación. Es el afecto el que se transfiere produciendo un efecto de desplazamiento energético que al enlazarse a un resto diurno puede sortear la censura y transformarse en imágenes de un sueño.

            En el esquema que Freud propone en el capítulo VII de la Traumdeutung, conocido como el esquema del peine ubica dos polos: el polo percepción-conciencia y otro polo el de la motilidad. Lo ingresado en el primer polo deja su huella en sistemas de memoria, serie de huellas mnémicas en el interior del aparato produciéndose así los enlaces productos de transferencias.

            En La interpretación de los sueños, Freud le otorga a la represión un papel destacado en la formación de los síntomas equiparable al papel que desempeña en el sueño. En este texto distingue tres tipos de regresión: tópica, formal y temporal. A esta última la define como un retorno a formaciones psíquicas anteriores.

            Si bien Freud deja de lado de la conciencia la sucesión temporal, acentúa la regresión como factor de peso en el camino regrediente, desde lo preconciente a la fase anterior inconciente. Este es el punto de cruce en el que gira y vira la categoría de tiempo.

            Por otra parte, es de interés destacar que este camino de tránsito se produce por efecto de transferencias de carga y esta ha sido la primera acepción de la Ubertragüng –transferencia- freudiana. La segunda acepción la despliega principalmente en los artículos: Observaciones sobre el amor de transferencia, Dinámica de la transferencia, Recuerdo, Elaboración y Repetición, entre otros textos en los que refiere la transferencia “a la persona del médico” como punto neurálgico de la cura. Alfa y omega de la práctica, tal como le responde Jung a Freud en su primer encuentro.

            Es así que Freud afirma que es “uno mismo”, el analista, quien en calidad de objeto está situado en su centro y es en relación a este centro que se aplica la lógica del inconciente al ponerse en juego en la cura misma a instancias de la repetición la regresión y la transferencia.

            Jacques Lacan en los albores de su enseñanza comenta respecto de lo temporal: “Sólo podemos salir del laberinto del tiempo reconociendo que el elemento tiempo es una dimensión constitutiva del orden de la palabra y su sentido último sitúa al sujeto frente al analista, el tiempo en su relación existencia ante el objeto de su deseo”. Anuncia así el acto analítico en el que centra las dos acepciones de la transferencia freudiana. Asimismo el tiempo que Freud ligaba a la actividad conciente, Lacan lo resitúa entre significante y objeto en la subjetividad. Esta distinción trae aparejada consecuencias en la práctica que se ponen en evidencia en el tiempo de duración de las sesiones. El corte de éstas puede obedecer a un tiempo predeterminado de duración cronológica ligado al yo o a la conciencia o pasar a formar parte de la relación del sujeto ante el objeto de su deseo, tal como lo enuncia Lacan en 1953. Por esta vía Lacan trató de subrayar la posición del analista como interprete de la relación transferencial y de dialectizar en la serie significante la escansión para relanzar al sujeto en su interrogación.

            En los años sesenta Lacan pronostica tiempos nuevos al considerar que si el psicoanálisis aborda el inconciente estructurado como un lenguaje, no basta la apelación a la lingüística sino que será menester deducir una topología para dar cuenta de la constitución del sujeto.

            El analista soporte del ser supuesto en la transferencia, se engendra en una situación artificial, participa en la neurosis de transferencia como piedra de toque de las manifestaciones del inconciente como a-tiempo y al mismo tiempo deviene el lugar de la enunciación. En esta operatoria el objeto a es decisivo pues bisagra una nueva triple vertiente de la transferencia real, simbólica e imaginaria, que nos soporta su puesta en acto basculando entre significante y objeto, encarnado en las variedades del despliegue fantasmático.

            En la Proposición del 9 de octubre de 1967, Lacan acentúa la lógica del analista, como el agalma que se integra en el fantasma que construye el analizante. El analista deviene asimismo envoltura de un vacío pues allí se aloja el objeto a. Objeto de pura existencia lógica que toma cuerpo en las especies de los objetos pulsionales.

            El sujeto supuesto al saber, designación que propuso Lacan al lugar del analista, centrará en su núcleo lo concerniente al saber textual, el saber inconciente que se opone al saber referencial, ya que ‘…Una cadena significante: tal es la forma radical del saber llamado textual. Y lo que el sujeto de la transferencia se supone que sabe es, sin que el psicoanalizante lo sepa aún, un texto, si el inconciente es efectivamente lo que sabemos: estructurado como un lenguaje”.

            En este sentido aquello que el analista sabe por su formación teórica no es de la misma estofa que el saber textual: “el inconciente que implica la empresa del psicoanalizante”. Es así que el lugar de “no saber” será crucial para el analista, ya que éste no guía al sujeto hacia un saber –wissen-, sino hacia las vías de acceso del saber inconciente.

            En esta formulación la lógica del analista absorbe al analista como parte del concepto de inconciente, sesgo que planteó Lacan en Variantes de la cura tipo, que a su vez remite en ese mismo texto a un psicoanálisis entendido como la cura que se espera de un analista.

            Desde estos ejes la lógica del tiempo que se pone de relieve en los diferentes tiempos de un análisis implica asimismo que el analista es un lugar no verificable a priori sino a posteriori. Repetición e invento en cada vuelta de un análisis hasta un final posible, en el cual por retroacción se eslabona y relee el acto inaugural. De este modo el tiempo en análisis es la transferencia como tiempo del análisis.

            En un análisis se pone en acto la realidad del inconciente que es sexual. El analista soporta del despliegue de la palabra, como asimismo de la apariencia del objeto, en él reposa la puesta en acto –agieren- freudiano. Dicho de otro modo, tanto por el lado del significante como por el lado del objeto, es en el sujeto supuesto a saber donde reposa la puesta en acto de la enunciación.

En la cura, en transferencia, la temporalidad subsume el tiempo del inconciente, a-temporal, por la puesta en acto del montaje de escenas fantasmáticas que se construyen en el análisis mismo. Puesta en acto de la realidad del inconciente que recorre entre significante y objeto escenas coaguladas que obturan en su consistencia un vacío real, cuyo matiz de realidad lo forja el deseo. En esta última dimensión, la puesta en acto del escenario fantasmático se asemeja a los sofisticados juegos de realidad virtual, producidos mediante modernas tecnologías digitales computarizadas que sortean espacio y tiempo.

            La indicación de Lacan acerca de lo real del objeto a transforma sus planteos anteriores, de modo tal que los mismos viran de la lógica del significante, encaramado estrictamente desde lo simbólico y modulado en lo imaginario, a la lógica del fantasma, cuestión que aproxima un anticipo de la articulación RSI.

            El fantasma se integra a la transferencia como nódulo de la misma, su frase impronunciable, la escena segunda en Freud, segundo tiempo de la frase del fantasma siempre elidida en su constitución, a punto tal que en el análisis solo puede reconstruirse, raíz inconciente que hace texto y se descifra en la verdad del síntoma.

            En el seminario X, Lacan indica que el goce no accede al otro sino por medio del objeto a, resto de la operación de subjetivación, mientras que el sujeto barrado esta implicado en el fantasma como uno de los términos que construyen el soporte del deseo. “El fantasma $<>a, es sujeto barrado en cierta relación de oposición con a, relación cuya polivalencia y multiplicidad están suficientemente definidas por el carácter compuesto de losange, que es tanto la disyunción como la conjunción, tanto lo más grande como lo más pequeño; sujeto barrado termino de esta operación de división. Allí el a es irreductible. El objeto a viene a tomar una suerte de función de metáfora del sujeto del goce, en caso que el a fuera un significante, pero justamente el objeto a se resiste a tal asimilación discursiva. Siempre se pierde a la significantización. Constituye el fundamento del sujeto deseante e implica un querer hacer entrar al goce en el lugar del Otro: como lugar del significante”. Es así que el fantasma adviene en el lugar del Otro. Si bien el neurótico, que es donde se comprueba lo fantasmático, éste “no hace gran cosa con él”, salvo pera recubrir la angustia. Mas como angustia marca la dimensión temporal del análisis.

            Al introducir las superficies topológicas Lacan propone la superficie conocida con el nombre de cross-cap o gorro cruzado como la indicada para el fantasma. Es el cross-cap la sumersión en el espacio de tres dimensiones del plano proyectivo. El interés de esta superficie es que no tiene ni interior ni exterior, al igual que la Banda de Moebius pero difiere de ésta en los cortes que se le pueden efectuar. El gorro cruzado se construye sobre una banda de Moebious de una semitorsión, siendo un escamoteo del agujero vale en relación a la función que conlleva como escamoteo de lo irreductible de la falta. A Lacan le interesa la operación de corte que se puede efectuar en este superficie. Uno de los cortes abre la superficie sin dividirla e implica un despliegue de la misma. El otro corte se efectúa pasando por el punto al infinito, recorre dos veces la vuelta por el mismo de modo tal que divide el cross-cap en dos. Como resultado de esta operación de corte queda una banda de Moebious, unilatera, cuya línea de borde es un ocho interior. Al disco Lacan lo llama el objeto a. El corte implica los efectos de la intervención del analista que revela el objeto en las variantes que ofrecen los objetos de la pulsión. Lacan ubica en el punto al infinito, o punto de fuga de esta superficie el falo. El objeto caído en la operación de corte no tiene imagen per-se, no es especularizable pero esta cubierto por la virtualidad de las imágenes i’ (a).

 

 

 

 

 

            Las tres dimensiones de la estructura borromea del sujeto se inscriben en la transferencia.

            Es así que respecto de la transferencia, lo imaginario que integraba el amor y la hostilidad, muerde por vía del odio que no es ajeno al devenir de la cura lo real. El saber inconciente se resitúa en relación a lo real que se enlaza. Real que en el anudamiento hace resistencia.

            El odio desembocadura del amor –odioenamoramiento lo llamó Lacan en el Seminario XX- abrirá una novedad pues será lo prevalente de la desuposición del saber en la liquidación de la transferencia. Nuevos aires y también nuevos obstáculos en la práctica psicoanalítica deducida de los planteos freudianos. El analizante inviste el objeto a en la transferencia, el peso de la presencia del analista hará semblante que nutre su consistencia con los ropajes de la imagen, propias de los objetos i’a. Bajo esta apariencia, bajo este vestido la investidura se desnuda. De tal modo que la intervención analítica opera como corte y escritura. Existencia y agujero. Operación de escritura que se abreva en la letra que porta el sujeto y la función que concierne a la real presencia del analista.

***

 

            ¿Qué incidencias hallamos en la práctica del análisis con niños a partir de esta posible nueva lectura de la clínica?

            ¿Nos permite formular variantes en la cura tipo?

            ¿Qué consecuencias entraña que el analista se aventure en un juego? ¿Coincidimos con la propuesta que plantea que la niñez es un momento lógico en la estructura de la neurosis?

            La pregunta por la estructura del sujeto en la infancia se abre a una nueva consideración que concierne a las operaciones que instituyen al sujeto en el análisis, aun cuando de niños se trate,

            En análisis de niños verifica un tiempo de transferencia, de efectos de transferencia en análisis que concluyen por razones de estructura inconclusos.

            En la experiencia he comprobado que cuando espero significantes los niños me proponen juegos. Son gamos en los que el analista soporta el ser supuesto y en ocasiones el objeto-juguete mismo.

            El niño juega o calla. Parlotea más a través del juego que en alocuciones del tipo: “lo que a mí me sucede es…”

            Freud, en 1907 en el texto El poeta y la fantasía, ya citado en capítulos anteriores, propone que el niño en el juego inicial parte de un mundo wirklichkeit (realidad efectiva) diferente de la realidad psíquica, realität.

En la wirklichheit se apoya en die dingue, declinación alemana de das Ding. El niño parte de la cosa, das Ding, punto inicial lógico y a la vez cronológico en la organización del mundo, tramado inexorablemente a lo simbólico. Por esta vía aísla lo fremde, lo extraño y al mismo tiempo constituye lo semejante.

            En el despliegue del juego bordea la realidad efectiva, operatoria y así mismo inviste a die dinge (las cositas) pulsionalmente con investiduras de imagen. Objetos cercados asó por la pulsión de  investidos pasan al plano del lenguaje. A medida que lo hacen son marcados y nombrables; precipitan en una serie de equivalencias que presentan el límite de origen de la sustitución.

            La realidad primitiva, a partir de esta operación devendrá pura pérdida y exclusión que indica –si puedo decirlo así- la abolición del material significante propio de lo real.

            Sin forzar el texto de Freud, es legible allí la articulación de los tres registros en los juegos infantiles. El jugar de los niños es a la vez operador y consecuencia del anudamiento de la estructura.

La clínica con niños nos testimonia que este andarivel, el juego, no es un elemento edulcorante o facilista de las asociaciones, sino que permite orillar en su trama la subjetividad, en aquellos casos en los que ésta aún pende del cuerpo lexical del Otro o en aquellos que revelan escasas permutaciones de un número limitado de significantes.

            La niñez es un campo heterogéneo, en ella se reparten diferencias y tiempos. En esta perspectiva las operaciones de la sexualidad infantil, que a su vez son condición de estructura, permiten despejar los tiempos del sujetos de los cronológicos. Se consideren estos, desde un sesgo etario o evolutivo.

            El desarrollo genético descripto tanto por las teorías evolutivas como por las estructuralistas que se desplegaron en este siglo y en particular los estadios definidos por Jean Piaget, no nos proporcionan a la hora de análisis eficacias en la práctica clínica.

            El problema es que mientras el cuerpo teórico del psicoanálisis –tal como brevemente lo expuse en las páginas precedentes- plantea una temporalidad que difiere de la cronología, advertimos que en la práctica analítica con niños el tiempo del reloj incide, marca, determina.

            Tal vez resulte obvio pero vale explicarlo, no estamos ante el mismo niño en el tiempo de la alienación fundante en el que aún no ha operado la torsión de retorno, que en el tiempo del latente descripto por Freud. Los resortes de los padecimientos y síntomas que se presentan también difieren entre sí en uno u otro momento.

            Entre estos dos momentos se efectúa una travesía que concierne al pasaje de lalange del Otro, lengua que materna nitre el lenguaje que el niño habita. Este pasaje está indicado por el síntoma estructurante de la niñez.

            Tal como expuse en otra ocasión, no todos los niños por quienes se consulta requieren análisis, ni se encuentran en la misma disposición transferencial. EN los casos en los que el tratamiento analítico se efectúa, verificamos que en el juego y por medio de éste, el niño crea el artificio de la transferencia.

            Considero que lo lúdico no es terapéutico per-se, en este sentido difiero de aquellos planteos que proponen el juego por el juego mismo sin que este se enlace a la intervención lúdica del analista. El juego articulado al acto analítico permite, transferencia mediante, extraer el sesgo de las intervenciones.

            El análisis con niños puede encontrar su pivote en el amplio espectro de lo lúdico que incluye tanto el juego, el dibujo, el escribir y el relato. Vale aclarar que cada uno de ellos porta un matiz singular.

            A partir de la fórmula que Lacan plantea en la Proposición del 9 de octubre, acerca de la transferencia, propongo una relectura de la misma: Al considerar lo lúdico como punta de lanza del saber textual, permite establecer la serie –en este caso lúdica- con la que el niño hace lazo y así mismo produce transferencia. En la medida que le atribuye al analista una saber jugar inaugura el sujeto supuesto al saber desplegadle hasta advenir en un juego cualquiera y con cualquiera.

            En el ínterin de una cura se ponen en acto escenas conservadas en su estructura pero tornadas inofensivas. A las cosas mudas –die dinge- las hará hablar, mientras se domestica al Otro, para transformar lo no familiar en familiar. Sus efectos de entramado tienen por regla una exclusión.

            Variantes de la cura que destacan una clínica, cuya proliferación imaginaria en el campo del lenguaje no desdeña frecuentes intervenciones en lo real, como así tampoco en el plano de la palabra, propiciando la emergencia del sujeto.

            Lo lúdico cobra una dimensión en ese tiempo del análisis en la niñez que guarda una cierta similitud con los juegos llamados de realidad virtual. Juegos bien reales de neto corte simbólico, en los que el participante elige el menú que aporta lo imaginario. Los juegos de realidad virtual, connotan de algún modo lo imaginario de una realidad que virtual se imbrica con la realidad del deseo, mas a diferencia del virtuality game el análisis no es sin consecuencias.

            Para concluir comentaré un fragmento de un tiempo de análisis de una niña, en el cual el enlace transferencial marcó importantes efectos, como así también, permitió la prosecución del tratamiento luego de una larga interrupción.

            Nélida cumplía 5 años. Habitaba el mundo con una pertinaz mudez entre escenas de terror. No respondía a su nombre. En contadas ocasiones pronunciaba alguno que no era el suyo.

            Fue Erica, Gabriela y Mirta. No equivocaba el género: femenino.

            A su pequeña historia le adjudicaron un nombre: Psicosis.

            La recuerdo en un rincón del consultorio, sentada en el piso con la cabeza gacha. Sensible a los ruidos que le provocaban terror. Ruidos indescifrables golpeaban su cuerpo.

            Generalmente no demostraba interés hacia los juguetes ni el dibujo.

            Alguna vez se dirigió al analista llamándole Gabriela. Este era el nombre de una niña que vivía en un departamento vecino al suyo.

            En una ocasión, solicitó mediante gestos que le nombre los juguetes. Así surgió una serie en la que vaca, silla, plato y tortuga tomaron posición uno al lado del otro. La serie prosiguió.

 

            Al señalar un automóvil le dije: “Es una rana”.

            Su respuesta inmediata fue: “¡Dejá de decir pavadas!”

            De un solo golpe, lo trágico se transformó en cómico.

            Nélida develaba así que su mudez esta su modo de callar. Silenciaba el lenguaje, del que no carecía, dimensión diferente al mutismo inicial.

            Un tiempo después:

            N: La jaula, la jaula es una casa, la casa de la niña (se asusta).

            Miedo- ¡Ay, qué miedo!

            A: ¿Qué pasa?

            N: Un fantasma.

            A: ¿Adónde?

            N: Vienen de noche, gritan ¡hay una niña mala!

            (garabatea en mi mano con un crayón).

            Es una radiografía.

            Ahora, ¡andá a dormir con todos tus fantasmas locos!

 

            Secuencias organizadas en el transitivismo. Secuencias breves que se interrumpen generalmente con expresiones de terror o susto. Asociadas a la palabra fantasma que metonímica alberga relación a la constitución de los objetos especulares y que delinean una barrera entre sujeto y Otro.

            En una oportunidad le pregunté con qué se fabrican los fantasmas. Respondió: de azul.

 

            A: ¿Cómo se llaman?

            N: Sepepien, sepepien.

            Poner ese nombre le provocó un enojo inmediato. Comenzó a golpear las puertas. Convocaba al analista a sostener esa radiografía, con la imagen del sepepien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Pone naipes desordenadamente sobre el escritorio)

 

            N: ¿A ver fantasma estúpido si sabés jugar a las cartas?

Los redondeles, el cuchillo, el ocho, el culo invisible.

            A: (Poniendo una carta sobre la mesa) ¡El hacha que corta!

            N: ¡Muy bien, te felicito! ¡Bravo! Ahora pongo la porquería de sepepien y le digo malo, estúpido, idiota. Lo enveneno con caca, no, mejor con pis.

            Comienza a dibujar y garabatear. Súbitamente se aterroriza, intenta clavarme el lápiz en el ojo.

            A: El lá-piz hace agujero donde no lo hay.

 

            El lá-piz articula ya la serie significante. Se enlaza al fantasma sepepien que envenenó con pis y que partió del invisible.

 

            En la sesión siguiente canta:

            “Tengo una colita, una cola y más atrás la pendeja”.

(Juega con agua).

 

Su enuresis desaparece. El campo lúdico se estabiliza al ubicarse en el orden fálico. El fantasma sepepien en los siguientes juegos se transforma en momia y luego en momia justiciera que enreda y encarcela niños y mujeres.

Los efectos de este tiempo de análisis, se transparentan en su vida cotidiana. Tanto su escolaridad como sus relaciones sociales progresan.

En el tiempo del terror permanecía adherida a su madre –noche y día-, en los nuevos tiempos este vínculo se agresivo y turbulento.

Sus padres deciden interrumpir el análisis; la madre sostiene que ahora su hija está loca, que debe ser tratada por el psiquiatra y el neurólogo con quienes ya había consultado.

Les comento que en mi perspectiva el camino es el análisis  que Nélida –niña rara y anormal para la madre- tiene chances de situarse como una muchacha entre las muchachas.

Pasaron varios años, durante los cuales, en el día del niño recibía una llamada telefónica de Nélida, así como también visitas esporádicas y espontáneas de ella.

Al llegar Nélida a la pubertad, solicitan nuevamente análisis. La madre retoma el “Ud. Había dicho…”. Por su parte Nélida comenta que toma muchas pastillas para los nervios y que había realizado diferentes tratamientos.

Pide por sus juegos, dice no recordarlos, se encierra en el placard del consultorio reiterando un viejo juego y reconoce algunos antiguos espacios.

Insiste con sus preguntas por los juegos que había olvidado. Olvido en el cual la represión hizo su obra pero que anidan en la presencia del analista que de ellos es trazo y retrazo de objeto.

 

N: ¿Te acordás cuando jugábamos a viajar por la realidad?

 

Virtuality games, juegos de un tiempo de transferencia. Tiempo de aventuras hoy borrosas por el paso de la memoria y a-temporales como la realidad del inconciente.

El tratamiento de Nélida culminó hace algunos años, y aventuro que para ella es sólo una historia entre otras, una más…

 

BIBLIOGRAFIA

 

Borges, Jorge Luis. El Tiempo de J.W. Dunne. Otras inquisiciones.

Lacan, Jacques. Seminario I.

Freud, Sigmund. Lo inconciente. Apartado V. Obras Completas. Ed. B. Nueva.

Lacan, Jacques. Proposición del 9 de octubre de 1967 “¿Ornicar?”

Lacan, Jacques. Seminario XI.

Freud, Sigmund. El Poeta y la Fantasía. Obra citada.

Lacan, Jacques. Seminario Momento de Concluir. Inédito.

Lacan, Jacques. Seminario XX, Aún. Ed. Piadós.

Lacan, Jacques. Seminario XVI, De otro al Otro. Inédito.

Donzis, Liliana. Niños, transferencia en juego. Actas jornadas de carteles. EFBA 1992

Donzis, Liliana. La angustia en el análisis con niños. Inédito. Octubre 1994.

 



* En Jugar, dibujar, escribir. Psicoanálisis para niños. Donzis, Liliana. 1998.