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"El gusano del fruto" Carlos
Fernández Gaos[1] (Círculo
Psicoanalítico Mexicano). El término
"testimonio", aparentemente preciso, parece vaciarse de sentido
cuando se cuestionan las premisas que le atribuyen su estatuto de
constatación, pero sugiere hablar de lo acontecido que podemos constatar.
Pero ¿estamos, verdaderamente, en condiciones de decir algo respecto a ello?
Somos testigos, sí, pero de otra especie de testimonio que proviene de un
proceso que ignoramos y que construimos teóricamente, "a
posteriori", con base, ahora, en nuestras propias premisas. Lo
paradójico es, entonces, que la condición para que algo suceda es,
precisamente, tan sólo acotarlo con unas premisas que permiten otorgarle un
sentido. Paradójico porque son las mismas premisas que lo construyen como
proceso las que posteriormente permiten dar cuenta de él. Así pues,
testimonio, ¿Para qué? ¿Qué es lo testimoniable? ¿Qué estatuto puede tener
tal testimonio? ¿De qué se habla en el testimonio? Aún más ¿Quién es el que
habla en el testimonio? El analista es testigo
silencioso de su propia ignorancia. Tendrá que resignar su saber para que
algo nuevo se produzca en él y en su paciente. Dejarse con-mover por las
resonancias de la tragedia que atestigua que, de algún modo, también es la
suya. En el análisis se trata, para paciente y analista, de crear; de crear
sentidos siguiendo el camino opuesto a los sentidos ya ensayados y
fracasados. Los socorridos refugios en la complacencia del saber y de lo
sabido, no son sino expresión de una herencia que procede de un testamento al
que se habrá de abjurar. Como dijera Paul Valéry, "...Devolver las
luces, una adusta mitad supone en sombras"[2]
En efecto, en la clínica, las sombras presiden el curso de lo que acontece, y
es desde ellas que algo debe crearse. Algo de Yo debe morir y será otro Yo el
que escriba el epitafio. No hay lugar a concesiones. El síntoma, el acto, o,
la enfermedad, denuncian la necesidad de no sortear este suicidio
reinaugural. La imposibilidad de asumirlo deviene en melancolía o en
perversión. "El Yo solo puede advenir siendo su propio
biógrafo ", decía Piera Aulagnier, pero la construcción de esta
biografía requiere de alguien que la atestigüe de modo permisivo, mejor aún,
sorprendiéndose. Yo sólo puede ser ante otro, somos, admítaseme el
neologismo, "Yotro", a modo de singular del nos-otros. La
biografía, entonces, siempre es
compartida. En su soledad, en tanto que únicamente Yo, es melancólico
o perverso. Es un Yo doliente, es un Yo en duelo, en el doble sentido, de
dolor y de duelo a muerte.[3]
La biografía no es, pues, un mero recuento del pasado, sino su escritura como
un nuevo proyecto vital que exige en pago el sepultamiento de la ilusión de
unidad."...advenir siendo su
propio biógrafo" comporta un acto asesino de otros biógrafos y otras
biografías, y requiere de un testigo que, dando fe de ese acto, asuma con él
la sentencia que conlleva. Sólo puede ser testigo
de un acto de creación quien se aventura en la errancia. Tal es un testamento
invaluable del itinerario freudiano. Sólo el errante comete errores. Errar
viene de errancia[4] y es
sinónimo de equívoco solamente si se pretende que hay un lugar de la verdad;
de lo correcto. Renunciar a saber, es errar y es la coincidencia de estos dos
errantes, analista y paciente, lo que, aún siendo creación en sí misma, produce
algo nuevo. No se trata, por cierto, de llegar a un lugar, sino más bien, de
llegar siempre a nuevos lugares. Así entiendo lo interminable del análisis. La construcción de una
nueva historia produce un vértigo es vivido como renuncia y no como posibilidad.
El aferramiento a los fragmentos de "verdad" que han garantizado lo
que el sujeto ha logrado y que son el basamento de sus utopías, se erige como
verdadero dique en contra de las ansiedades que provoca asomarse al vacío que
deja entrever su deconstrucción. En palabras de Heiddeger:
"...resolverse a ir al encuentro de la muerte hace posible vivir el
tiempo futuro para ser en el presente; lo que va siendo es lo que con
conciencia auténtica, con el "estado de resuelto", se ha sido en el
pasado, de modo que el futuro surge del pasado, del mismo modo que el pasado
sólo es auténtico en vista de un futuro comprendido; el "ser ahí"
vive en el presente como ser tendido entre el pasado y el futuro, con
conciencia de su finitud, su facticidad, su angustia y su "ser para la
muerte"" Ocasión del engaño, de
la quimera, del encubrimiento, de todo aquello que crea la ilusión de
conjurar lo irrecusable. El "paciente", término que sugiere la
palabra clínica, padece, en última instancia, de lo mismo de todo ser humano.
Y es que está arrojado a ser con el sino del no ser. Encarnación de su propia
imposibilidad, en los inicios de su existir construirá como exterioridad las
representaciones que podrá forcluir, renegar o reprimir, aunque éstas, como
dice Assoun, "...no procede(n) simplemente del exterior sino del propio
imposible que el sujeto lleva en sí mismo, como el fruto lleva dentro de sí
al gusano... () El texto del inconsciente no es otro que el de la castración…
... () Ella se manifiesta por esa falta que el sujeto se representa con
ocasión de la percepción de las diferencias anatómicas, y más específicamente
en el cuerpo de la madre.” [5] “No sé que
quiero" es el dramático testimonio que, en boca del "paciente"
denuncia el anudamiento en el que se encuentra atrapada su existencia. Saber
y deseo. Parafraseando a Piera Aulagnier, si "Todo deseo de saber no es
sino deseo de saber sobre el deseo", entonces, agregamos: "no hay
nada que el saber pueda saber sobre el deseo". Desear saber qué desear, precipita
al sujeto en las miasmas de su condición como tal, esto es, como sujeto, en
el sentido de sujetado. El deseo impugna siempre al saber, mientras que el
saber únicamente intentará renegar del deseo que lo moviliza. Es muy diverso lo que
nos propone la novela del paciente, verdadero ágape de identidades posibles.
Se trata, en última instancia, de optar por el modo más soportable de ocultar
la falta, en un doble sentido, como delito implícito en la reivindicación de
su lugar y como pedazo del Ser que le fue arrancado a sus espaldas. No
obstante, la diversidad misma del festín renueva la condena. ¡No se puede
recurrir a lo sabido como conjunción de acontecimientos que perfilan un lugar
en el mundo! ¡La razón no es tampoco el recurso para dar cuenta del sentido
que tiene ese lugar! Y es que no se trata de detectar el sentido del haber
sido, sino de creado siendo, como puente entre el sido y el seré. Dice
Cioran: "No podemos ser tan
generosos con nosotros mismos como para despilfarrar la libertad que nos
otorgamos. Si no nos pusiéramos impedimentos, ¡cuántas veces cada instante no
sería sino un sobrevivir! ¿No sucede a menudo que seguimos siendo nosotros
mismos sólo por la idea de nuestras limitaciones?".[6] La libertad de creamos
en el mundo de modo que nos complazca, no es un privilegio, sino una condena.
Arrojado al desfiladero de su propia posibilidad, el sujeto se anuda a las
certezas que obtiene de su saber, a modo de límite que le impedirá abismarse
en la innovación del sentido de su historia. Sin embargo, la condena es inapelable.
El gusano que lo habita en las entrañas terminará haciendo hueco en el
cascarón que lo recubre. |
[1] Psicoanalista. Profesor investigador de la
Facultad de Estudios Superiores Iztacala-UNAM. Miembro Activo del Círculo Psicoanalítico
Mexicano, A.C. Miembro fundador del Instituto Internacional de Investigaciones
en Prospectiva, Participación y Gestión Ciudadana (PROPAGEC)
[2] Citado por Anzieu, D. “El autoanálisis de Freud y
el descubrimiento del Psicoanálisis”. Vol. I. Siglo XXI, México, 1980.
[3] Esta manera de escuchar la palabra duelo, en
tanto duelo a muerte, me fue revelada por un amigo y colega, Alejandro
Salamonotivz, durante un intercambio de opiniones con respecto al trabajo
“Duelo y melancolía”.
[4] Esta reflexión se la debo a la Dra. Graciela
Mota. Amada compañera de muchas errancias.
[5] Assoun, Paul-Laurent. “Los
grandes descubrimientos del psicoanálisis”, en Historia del Psicoanálisis. Vol.I, Barcelona, Ediciones Juan
Granica, 1984, p.159.
[6] Cifran, E. M. “El ocaso del pensamiento”.
Tusquets Eds. Barcelona, 2000. p. 29